Ser profesor en la sociedad del conocimiento
Tenemos un sistema educativo obsoleto porque nació para dar respuesta a los retos del pasado (la sociedad industrial) y fracasará ante los retos futuros (sociedad del conocimiento). Y tenemos que transformarlo radicalmente, no es suficiente con reformas de "chapa y pintura".
Uno de los mayores desafíos de la humanidad es precisamente innovar en educación. Pero innovar resulta difícil porque es cambiar lo que los profesores llevamos haciendo mucho tiempo, lo que ya sabemos hacer: innovar es salir de nuestra "zona de confort" como profesionales. Tanto tiempo con este enfoque, con estos métodos que necesitaremos grandes dosis de coraje y esfuerzo para cambiarlos.
Lo que ahora tenemos es una especie de modelo de educación de "comida rápida": estandarizada, aparentemente interesante, pero fundamentalmente nociva porque no motiva ni desarrolla el potencial de los estudiantes. Es una educación con la que el espíritu de los alumnos no puede alimentarse, una educación que para ellos no tiene sentido.
En palabras del poeta Yeats, los jóvenes extienden sus sueños bajo nuestros pies y tenemos la obligación de pisar con suavidad, reflexionado con sumo cuidado que es lo mejor para ellos y para el futuro de nuestra sociedad.
El mundo está cambiando como nunca en el pasado. La globalización permitirá que, en las próximas décadas, cerca de 3000 millones de personas (de china, india, brasil, europa oriental, oriente medio..), aprendan a producir y vender todos aquellos productos y servicios en los que nuestra economía desarrollada se han especializado en el último siglo. Si queremos que las generaciones que ahora educamos sigan manteniendo la calidad de vida que hemos logrado, es imprescindible cambiar la forma de aprender y de enseñar.
Lo que siempre debe tener en cuenta un profesor:
- La importancia de la educación socioemocional: es esencial el profesor tenga sintonía emocional con el alumno, no olvidemos que es el estudiante quien elige de qué profesor aprende. En las primeras clases el profesor debe sentar las bases emocionales del aprendizaje: http://primerasclases.blogia.com/
- Que, más que aprender los contenidos de "la programación", los alumnos deben desarrollar unas capacidades básicas que, una vez aprendidas, nunca olvidará: creatividad, capacidad emprendedora, aprender a aprender, capacidad para innovar e inventar, resolución de problemas, capacidad de liderazgo, compromiso social y solidario, la curiosidad y las ganas de conocer, pensamiento crítico, valorar la formación en esta sociedad globalizada, el espíritu adaptativo, la habilidad para abandonar convencionalismos inhibidores,... La ventaja de este aprendizaje es que es profundo (mejora su capacidad de pensar y analizar) y permanente (los conocimientos se olvidan, las capacidades no). Porque, parafraseando a los clásicos "el colmo de la estupidez es enseñar lo que luego hay que olvidar".
¿Qué podemos aprender de los mejores profesores?
¿Cómo identificar la excelencia docente?
Una de las cosas que más me llama la atención es lo poco que aprovecha el sistema educativo las habilidades y sabiduría de los buenos profesores: cambian las mentes y la vida de los estudiantes a los que enseñan, pero no tienen influencia significativa el resto de docentes: su ingenio perece con ellos, la mayor parte de su buen hacer y práctica docente desaparece con su jubilación. Las generaciones posteriores de profesores no aprovecharan esa riqueza cultural que les ha precedido. ¿Por qué despreciamos de esta forma el talento de los grandes profesores? ¿Por qué no nos esforzamos más en capturar la sabiduría de los profesores?
A lo largo de mi vida profesional he intentado tener los ojos bien abiertos para poder registrar la forma de pensar y las excelentes prácticas los mejores profesores, de aquellos que han tenido una influencia duradera en la vida de los alumnos. Son esos profesores a los que se refieren los estudiantes cuando dicen “sus clases cambiaron mi vida”, o “me entusiasmaba, me dejaba con ganas de más, de seguir aprendiendo por mi cuenta”.
Supongo que todos profesores nos hemos preguntado ¿qué hace que algunos profesores tengan tanto éxito con sus estudiantes? Observar el aprendizaje de los alumnos, analizarlo cuidadosamente y reflexionar en profundidad sobre qué y cómo aprenden las personas te acerca a la respuesta a la esa pregunta. Pero además, es preciso fijarse en lo que piensan, dicen y hacen esos buenos profesores, sabios y entusiastas, que uno se va encontrado a lo largo de la vida profesional, y aprender de ellos.
La diversidad de métodos de estos profesores exitosos nos da pistas de que la clave para desarrollar una mejor docencia no se encuentra en reglas o prácticas concretas, sino en las actitudes del profesor. Por ejemplo: los profesores excelentes tienen fe en la capacidad de logro de sus estudiantes, confian en ellos para que asuman el control de su educación y valoran el compromiso entre estudiantes y profesor. “Los mejores profesores que he tenido son aquellos que te hacen sentir bien contigo misma y con tus capacidades”, me confesó hace años una alumna.
De estos grandes profesores aprendes a preguntarme qué esperas que tus estudiantes consigan hacer, y qué capacidades y habilidades consideras importantes. La respuesta a estas preguntas no nada sencilla, y, como todas las cosas complejas, exige mucha reflexión. Pero una de las primeras reflexiones que surje es que los profesores deberíamos dar menos importancia a los objetivos curriculares tradicionales, y mejorar otro tipo de capacidades más generales y duraderas. ¿Cuáles? Por ejemplo, la habilidad para comprender, para usar el razonamiento, para plantear preguntas interesantes, para identificar contradicciones y problemas o la capacidad de saber interpretar el propio razonamiento. ¿Y cuestiones como la memoria, el orden, o el aprender a dar "las respuestas correctas", la puntualidad o la pulcritud? Bueno, teniendo su importancia, es evidente que son mucho menos prioritarias.
La comprensión conceptual de cualquier asignatura es mucho más importante que recordar detalles concretos. Quizás estemos de acuerdo en que la capacidad de reflexionar sobre el pensamiento propio (pensar meta-cognitivamente) y de corregirlo sobre la marcha es mucho más valiosa que recordar cualquier nombre, fecha, procedimiento, regla,.. Personalmente, me gusta recordar a mis estudiantes el respeto y la ilusión que sentí la primera vez que alguien me explicó cómo funciona el cerebro, cuando un profesor me contó cómo aprendemos los humanos: procuro explicarlo en las primeras clases para que mis estudiantes tengan la oportunidad de sentir la misma sensación.
Como profesor, la observación y charla con los grandes profesores que todos hemos admirado, me ha ayudado a ir cambiado de mentalidad y objetivos. Antes intentaba que mis estudiantes aprendieran las respuestas a las cuestiones de la programación: era el camino estándar hacia el "suficiente". Ahora mis expectativas son más exigentes: espero que mis estudiantes desarrollen, cada uno dentro de su situación y posibilidades, la suficiente profundidad y calidad de razonamiento, y la máxima capacidad para entender cosas.
Pero ¿cómo hacer esto, cómo organizarse? Creo que los profesores debemos partir de las necesidades de los estudiantes, y nunca escudarnos en las carencias previas de los alumnos: se trata de autoconvencerse que los profesores estamos para resolver los problemas de nuestros estudiantes y no para poner escusas. Nunca es bueno que los profesores pensemos en nuestro propio ego, en lo mucho que podemos lucirnos ante nuestros estudiantes. Un compañero resumía esta idea en esta brillante frase: “los momentos del aula (la enseñanza) pertenecen a los estudiantes (no al lucimiento de los profesores)”.
Los profesores sabemos que no se aprende escuchando (esas grandes demostraciones de conocimientos por parte del profesor que eran las clases magistrales son inútiles si lo que queremos es que recuerden lo aprendido) sino haciéndose preguntas, resolviendo situaciones, discutiendo y argumentando. ¿No hay razón para que los profesores hagamos con nuestros alumnos lo que en el pasado sufrimos tanto en secundaria y como en la universidad?
La experiencia y el sentido común te dicen que los mejores profesores no son los que hacen que sus alumnos tengan buenas calificaciones: un estudiante puede tener buenos resultados en un examen y no haber cambiado apenas su nivel de comprensión, su forma de ver la realidad, su profundidad a la hora de razonar, actuar o sentir. Retener, saber repetir los conocimientos no es lo más importante, ni siquiera es importante en sí.
Además, una enseñanza orientada a recordar a corto plazo no favorece el gusto por la materia. Los profesores estamos para que nuestros estudiantes se entusiasmen y sigan profundizando por su cuenta la materia. Y en cualquier caso lo que es prioritario es que los alumnos no lleguen a odiar tu materia, porque entonces estarás violando el principio más importante de la enseñanza que es NO CAUSAR DAÑO”. No es bueno que un estudiante no aprenda, pero es aún peor que acabe odiando la asignatura.
Otro pilar de la enseñanza es intentar como profesor tener expectativas positivas sobre tus alumnos e intentar conseguir peras de los que otros profesores consideran abetos. Siento una gran admiración por los profesores que ayudan a sus estudiantes a llegar más lejos de lo que nos plantearíamos otros profesores. Y por eso hago lo que puedo por imitarles, aunque no sea fácil.
En este sentido no me siento en absoluto identificado con los profesores que dirigen sus palabras sólo al elitista grupo de los alumnos con mayores capacidades o mejor apoyados por su ambiente familiar, ese grupo de alumnos que (¿será casual?) les permite lucir sus conocimientos de profesor erudito.
También siento predilección por los profesores que, ignorando los límites que los puristas establecen en su disciplina, relacionan los conocimientos de la programación con otros de campos alejados al suyo, pensando únicamente en que lo que es valioso para el alumno (aunque no aparezca en el currículo). Y, puede que por eso, no me corto nada al romper las definiciones tradicionales de la materia que me ha tocado impartir, ya que entiendo que mi éxito depende de mi disposición como profesor a enseñar las cosas importantes, aunque sean diferentes a las que aparezcan en la programación.
Otra factor vital es impartir las clases con el mayor entusiasmo y energía posible, evitando las sesiones anodinas. Pero tan importante como esto es diseñar las clases hacia aprendizajes profundos. No quiero que mis estudantes me recuerden como alguien que les “exige un montón de trabajo”, que “cubre toda la materia que puede salir en el examen”, que “les ayuda a pasar de curso”. Eso me delataría, indicaría que no enfoco bien mis clases.
Un aprendizaje es profundo cuando cambia la manera de ver del alumno, la forma de interpretar, analizar y razonar. La “profundidad” de aprendizaje es esencial, porque es un indicador de la permanencia de tu influencia como profesor en la vida de esa persona que intenta construirse con tu ayuda.
El aprendizaje profundo no es recordar conocimientos, es entender cómo se relacionan las cosas. El aprendizaje profundo cambia y evoluciona la manera de observar y entender, hace que el alumno desarrolle perspectivas múltiples a la hora de analizar o abordar un tema, y que aprenda a pensar sobre su propio razonamiento.
Es más, mi mayor ilusión como profesor es que mis estudiantes piensen que les ayudé a mejorar la profundidad de su aprendizaje. Me gusta oírles decir cosas como estas: “nos ayudó a relacionar un montón de cosas”, “tenía facilidad para meterse dentro de nuestras cabezas”, “he aprendido a pensar de forma distinta”, “las clases han cambiado mi vida”, “quiero aprender más por mi cuenta”, "cambié los proyectos o planes que tenía por sus clases", “aprendí a tener dudas, a no dar por hecho que todo está claro”, "aprendimos lo importante que es leer libros", “ahora progreso teniendo discusiones con otros”,“no sólo nos ayudó a resolver problemas sino a buscar y definir problemas y a pensar en ellos de forma que sepamos abordar las posibles soluciones”.
¿Por qué es tan importante un aprendizaje profundo?
Un aprendizaje es profundo cuando cambia la manera de ver del alumno, la forma de interpretar, analizar y razonar. Y que la “profundidad” de aprendizaje es un indicador de la permanencia de tu influencia como profesor.
Y es que los alumnos (como cualquier persona) llegan a clase con una teoría y una forma de razonar intuitiva muy elemental. Lo que quiere decir que interpretan todo lo que oyen según ese esquema intuitivo que tienen en la cabeza. Hasta tal punto que, incluso cuando les presentas un supuesto que contradice claramente su ideas y modelos mentales previos, aún en ese caso, se resistirán a cambiar sus ideas o esquemas mentales. En vez de cuestionar su manera de ver el mundo, recurrían a todos los tipos posibles de gimnasia mental para evitar revisar sus principios. Y esto ocurre incluso con estudiantes de calificaciones altas. Y lo que es peor, ocurre a cualquier edad: a los adultos nos cuesta especialmente salir de esa "zona de confort intelectual" en la que vivimos con nuestros esquemas mentales de siempre.
Los años de docencia me han echo ser consciente de lo difícil que resulta, como profesor, actuar contra ese mecanismo. Por eso, me suelo hacer esta pregunta: ¿en qué medida mis clases pueden cambiar, aunque sólo sea un poco, la forma de pensar (las ideas y esquemas mentales) de mis estudiantes? La mala noticia es que para hacer evolucionar la calidad de pensamiento de una persona, para ayudarle a subir peldaño a peldaño por la "escalera del razonamiento", no basta con contar cosas y por tanto las clases magistrales no son nada eficaces. Quienes creen que el conocimiento es algo que el profesor transmite o transfiere al alumno, como si se tratara de abrir a cabeza del alumno y echar en su interior “los conocimientos”, creo que están un poco despistados.
Los profesores debemos preguntarnos también si (como innumerables investigaciones indican) los alumnos aprenden tanto y en la dirección en que creemos que aprenden. Pensemos un poco sobre esta idea.
Algunos “buenos alumnos” consiguen altas calificaciones con la técnica de “enchufar y que funcione”, utilizan un vocabulario adecuado y repiten las respuestas que el profesor les pide, pero tienen una comprensión conceptual y una capacidad de razonamiento sobre la asignatura muy escasos. Buena parte de los profesores, para no quedar atrás, les plantemos equivocados exámenes del tipo “enchufar y que funcione”, exámenes que tienen muy poco que ver con analizar, razonar, priorizar, dar soluciones, identificar problemas. Y así, estos enunciados de examen ceban un mecanismo atroz, un circulo vicioso que no estimula a los alumnos a coger la dirección de aprendizaje correcta.
Los profesores debemos plantear otro tipo de pruebas, test que no midan sólo la capacidad de los alumnos para recordar o reconocer información, sino que permitan saber cuántos peldaños de la escalera del razonamiento ha subido el alumno, que cuantifiquen en qué medida nuestras clases han tenido una influencia positiva, sustancial y duradera en la forma de razonar, analizar... y actuar de nuestros estudiantes. Porque, enseñar no es llenar una caja con conocimientos, sino encender la llama del entusiasmo del estudiante por nuestra materia y por la comprensión en general.
¿De verdad en nuestras clases tenemos en cuenta cómo aprenden los seres humanos?
Los profesores no deberíamos perder de vista nunca cómo construyen el conocimiento nuestros alumnos. El ser humano, a partir de lo que ve y oye, va construyendo patrones de cómo funciona el mundo, para después utilizar esos patrones previos para interpretar e intentar comprender nuevas ideas o formas de razonamiento.
Al observar información nueva las personas intentamos comprenderla en términos de algo que creemos que ya conocemos. Tener en todo momento presente esta idea es vital para quienes nos dedicamos a enseñar: cuando explicamos algo, lo que realmente entiende y comprende el estudiante es algo distinto a lo que hemos querido decirle. ¿Qué hacer, entonces, para ayudar útilmente a esa construcción de conocimientos por parte de los estudiantes.
La buena noticia es que hay un truco que nos puede ayudar. Se trata plantear ideas que contradigan de lleno los modelos previos de los alumnos, proponer ideas que desde la perspectiva del alumno sean muy difíciles de asimilar. Platearles estas contradicciones es la mejor forma de ayudar a los alumnos que hagan algo que los seres humanos no hacemos muy bien, que es cambiar y evolucionar los modelos mentales, cambiar los antiguos por otros nuevos y más útiles para comprender la realidad.
Entonces, ¿cómo estimularles a que construyan esos nuevos modelos e ideas más refinados y evolucionados? El mejor camino es implicarles en aprendizajes profundos, justo lo opuesto a aprender superficialmente: recordar algo el tiempo suficiente para vomitarlo en un examen, y olvidarlo inmediatamente después.
Para llevar a cabo este aprendizaje profundo debemos desafiar intelectualmente a nuestros alumnos en tres fases. Primera: presentarles una situación en la que su modelo mental previo no funcione o presente fallos graves. Segundo: asegurarnos de que funciona suficientemente mal como para que el alumno se anime a revisar sus ideas previas. Tercero: ayudar a nuestros estudiantes a enfrentarse con el trauma emocional que supone desafiar creencias mantenidas durante largo tiempo.
El problema que dificulta el desarrollo intelectual es que los alumnos, como cualquier ser humano, tienen que asimilar demasiados modelos fallidos a lo largo de su vida, y se "cansan" de construir una y otra vez nuevos modelos. Si pasa esto, se sentirán cómodos aferrados a un modelo que falla pero con el que están familiarizados (una especie de zona de confort mental, de la que todos, también los profes, nos cuesta salir). Por eso, es fundamental que los profesores les proporcionemos un entorno seguro en el que construir nuevas ideas.
Este plantemiento, obviamente, difiere radicalmente de la visión más popular entre los docentes que es la de “cubrir la materia”. Creo que esa visión es muy poco útil: aprender superficialmente, recordar algo el tiempo suficiente para vomitarlo en un examen, y olvidarlo inmediatamente después, es poco menos que perder el tiempo. Y aunque pueda parecer un poco extravagante, enseñar no consiste en decir a los alumnos dónde están equivocados y proporcionarles las “respuestas correctas”, sino en hacerles preguntas adecuadas para que vean por qué interpretan o aplican erróneamente la información.
Aprender de forma profunda cobra todo el sentido si el estudiante es consciente (debemos explicárselo) que los nuevos modelos construidos y las ideas “mejoradas” tendrán una influencia permanente en el futuro, mejorando para siempre su forma de pensar, razonar e interpretar. El aprendizaje profundo es el único que nunca se olvida, y ayuda a superar esa sensación de "perder el tiempo" que tenemos los profesores.
En vez de insistir en que los alumnos deben “aprenderse la cosas”, “absorber un montón de ideas” o “memorizar paquetes de información” pienso que los profesores debemos centrarnos en plantear suficientes problemas, cuestiones y preguntas, y de suficiente transcendencia práctica, para que las mentes de nuestros estudiantes tengan la oportunidad de progresar de forma profunda.
No hay que repetir que los exámenes tienen que “ir a juego” con este planteamiento: los exámenes no son para reproducir discursos o ideas, ni para reconocer respuestas correctas: los exámenes son el mejor instrumento para que los estudiantes demuestren que tienen un nivel de comprensión que es permite decidir qué información utilizan para resolver un problema y qué problemas prácticos (reales) deciden plantearse: debatir casos, desarrollar y defender análisis, síntesis y evaluaciones de los casos, y todas aquellas tareas en las que, además de tener que recordar un montón de información, los alumnos deban razonar sobre las soluciones.
¿Por qué las preguntas son cruciales en el aprendizaje?
Para mí las preguntas son "la madre de todas las batallas" de la enseñanza por una razón: tienen un papel crucial en la modificación de los modelos mentales. Al ser el único camino para estimular a los alumnos a construir formas más avanzadas y sofisticadas de ver el mundo, son el factor principal en cualquier proceso de aprendizaje. Eso sí, el secreto es que las preguntas apunten a los “fallos de las estructuras mentales” de los alumnos, porque así contribuirán a que el alumno indexe mejor la información que retiene, y la pueda aplicar de forma eficaz.
Es más, las preguntas son tan importantes que no podemos aprender hasta que la adecuada ha sido formulada. Si la memoria no hace la pregunta adecuada, no sabrá dónde indexar la respuesta. Además, cuantas más preguntas hacemos, de más formas podremos relacionar una idea nueva en la memoria, más relacionada estará con otros conocimientos, mayor riqueza de comprensión nos proporcionará y mayor utilidad tendrá al aplicarla.
Los buenos profesores te enseñan que cuando los estudiantes se hacen las preguntas adecuadas, están en la línea de salida de su aprendizaje. Uno de estos profesores excelentes decía que entre las técnicas más avanzadas y profundas de ayuda a los alumnos eran las "preguntas con miga": plantear una pregunta con miga es más importante que explicar respuestas.
Como el ser humano es curioso por naturaleza, aprende cuando intenta resolver los problemas que le preocupan. Por eso, las preguntas-problema tienen un papel tan fundamental en el proceso de aprendizaje y en la construcción del conocimiento y modificación de nuestros modelos mentales. Un profesor que busque la excelencia de sus clases dedicará gran parte de su tiempo a elaborar un listado de preguntas-problema y a su vez animará a sus estudiantes a que elaboren su propio conjunto de ricas e importantes preguntas.
Las preguntas que estimulan el interés de los estudiantes son las tienen relación con sus vidas, y nuestra función como profesores es mostrar a los alumnos la relación de esas preguntas que tanto les importan con los contenidos de nuestra signatura y del saber en general. En la primera semana del curso los estudiantes tienen la oportunidad de hacer una relación personal de preguntas que les motiva o interesan de verdad.
En este esencial asunto de la búsqueda de las mejores preguntas utilizo dos vias.
En primer lugar, y me gusta decirlo de esta forma tan gráfica, debo hacer un tunel desde el centro de los contenidos de mi asignatura hasta la superficie real, donde están los problemas e inquietudes de mis alumnos, encontrar allí las preguntas de mis estudiantes, analizar el significado y la importancia de esas preguntas y problemas, y explicarles que lo que pueden aprender es útil para mejorar sus vidas, su capacidad de comprensión o mejorar las soluciones a sus problemas. Lo que nunca le pediré a mis alumnos es que recorran el camino en sentido contrario y que se unan a mí en una "expedición hacia el centro del conocimiento de la asignatura" (según parece es lo que se suele hacer en las clases, ¿no?).
El segundo truco, extremadamente útil, es permitir en todo momento a los alumnos hacerme la pregunta “¿y a quién le importa eso?”. Y entonces detenernos y explicar por qué es importante la idea sobre la que estamos trabajando, y cómo se relaciona con aspectos prácticos de la vida de los alumnos, con asuntos, cuestiones o intereses que es fácil que estén en sus mentes.
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Enseñar desde la práctica y los proyectos que eligen los alumnos.
El talento es la puesta en práctica de los conocimientos. Como profesores debemos ayudar a los estudiantes a desarrollar su talento, aelegir sus objetivos, sus proyectos, permitiéndoles así planificar y dominar su futuro y darle sentido a sus vidas. Una educación por proyectos dirige de forma más eficaz la motivación y atención porque las personas "somos lo que somos más las posibilidades que se le ocurran a nuestra inteligencia". Las posibilidades y los proyectos es todo aquello que puede hacerse realidad. La mirada y la observación del estudiante se vuelve más activa, creativa e inteligente cuando se dirige a proyectos que le motivan e inspiran. Educar en la posibilidad, en soluciones diferentes que añadan valor.
Los proyectos (prácticos) dirigirán la inteligencia, la motivarán, harán que nos pongamos en forma mejorando conocimientos y capacidades para poder realizarlos. En suma, tirarán de nosotros.
Los profesores debemos utilizar esta pedagogía de la posibilidad, convenciendo a nuestros estudiantes que su inteligencia es un incansable buscador de posibilidades y que sólo las personas con talento saben motivarse a sí mismas.
Debemos presentar los contenidos de una manera seductora, haciéndoles pensar que van a satisfacer alguna de sus aspiraciones más profundas: si lo consiguen los chicos de la publicidad para venderles cosas banales nosotros no tenemos excusas.
Lo profesores sabemos lo útil que resulta la pedagogía del entusiasmo. Si explico lo bonito que es dominar unos contenidos, lo necesario que es, lo práctico que les resultará en el futuro, lo que disfrutarán comprendiendo el mundo y a las personas, estaré contagiándoles mi entusiasmo y despertando su curiosidad. Fomentar el deseo de conocer, una actitud activa y crítica ante la realidad, el optimismo y la resistencia al fracaso y a la frustración.
Exlicarles a los estudiantes la importancia de sacar enseñanzas de lo que uno vive: y la gran diferencia que hay entre las inteligencias que viven alerta, donde la observación y el análisis permanente (esto cómo funciona, para qué podría servir, con algunos cambios qué podría mejorar..) y las inteligencias inertes (de encefalograma plano).
Las ideas, las posibilidades, nuestras respuestas a los problemas laborales, personales, dependerá del mundo mental que hayamos construido, de nuestras capacidades mentales para llevar a la práctica lo que hemos vivido: un mundo mental rico, amplio, valioso, lleno de posibilidades y fluido dará ideas que añadan valor al mundo. Un mundo mental pobre dará ideas pobres.
Buscar es una de las capacidades fundamentales de la inteligencia: no es repasar un catálogo sino inventar alternativas diferentes o soluciones aplicadas de forma diferente.
De entre todas las ideas que surjan (o que observemos en otros) las personas talentosas saben elegir las mejores. Aprender a planificar es saber elegirlas buenas soluciones, desarrollar buenos criterios de selección de ideas.
Es muy práctico saber innovar, es decir modificar loas soluciones, extrapolarlas y aplicarlas a situacones distintas, porque genera nuevas posibilidades que añadan valor a la vida de la gente.
¿Qué prioridades tengo al preparar mis clases?
Los profesores debemos ser conscientes de que construir un buen entorno de aprendizaje es un reto intelectual de extrema dificultad e importancia, y en consecuencia exige dedicarle gran cantidad de tiempo y esfuerzo.
Para comprender lo exigente que es esta tarea veamos algunas preguntas que debemos hacernos antes de preparar las clases: ¿Qué deben de ser capaces de hacer o pensar mis alumnos como resultado de su aprendizaje? ¿Cómo puedo ayudarles y animarles para que desarrollen esas habilidades o hábitos mentales? ¿Cómo podemos entender ellos y yo la naturaleza, la calidad y el progreso de su aprendizaje? ¿Cómo puedo evaluar mis intentos para fomentar ese aprendizaje?
No hay que echarle mucha imaginación para comprender que estas preguntas exigen ir más allá de una mera enumeración de los objetivos de aprendizaje, y reclaman tener claro lo que significa conocer y entender algo en profundidad.
Por eso la mejor forma de prepara las clases es planificar hacia atrás: comenzar por los resultados que queremos fomentar (comprender, identificar problemas, analizar, sintetizar, priorizar, aplicar, recordar…), o qué clase de conversación deberían ser capaces de abordar los estudiantes, o el tipo de preguntas que deberían aprender a responder sin recitar de memoria, o en las destrezas, capacidades y calidades humanas que deberían desarrollar.
Después de esta reflexión es imprescindible hacer un listado de preguntas, aquellas que uno se haría para promover una comprensión y un razonamiento más evolucionados. En mi forma de ver la educación aprender es hacer algo más que acumular información, es lograr cambios en profundidad, transformaciones que afecten a los hábitos del pensamiento: Uno de los geniales profesores a los que siempre me refiero decía que “todo lo que aprendes debería influir en quién eres y en lo que eres capaz de hacer, y te debería ayudar a cambiar y a crecer”.
Más que la mera memorización de respuestas correctas, los profesores debemos pedir a los estudiantes a razonar sobre esas respuestas. No es preciso enfatizar la memorización: la capacidad de recordar aumenta con el incremento de la comprensión y el uso del razonamiento.
Al preparar mis clases trato de incluir en ellas cualquier cosa capaz de ayudar y animar a mis alumnos a aprender, porque lo más importante en la enseñanza es diseñar un entorno de aprendizaje que atraiga a los alumnos, que les ayude a entender toda la belleza de la empresa que tienen por delante que es formarse.
Pero también son importantes otras preguntas: ¿dónde pueden tener dificultades en aprender?, ¿cómo puedo estimularlos para que se esfuercen colectivamente? ¿qué secuencia de experiencias puedo ofrecerles para que refinen sus habilidades de razonamiento? o ¿qué modelos mentales pueden traer los estudiantes al aula que les impida comprender las ideas más importantes?
Un profesor que busque la excelencia no ofrecerá a los estudiantes la explicación estándar, sino que buscará aquella que ayude y estimule a cada alumno a construir sus propias explicaciones. Y como las personas aprenden mejor intentando dar respuesta a nuestras propias preguntas, será crucial que los estudiantes traigan al aula sus preguntas. No importa cómo de largas y minuciosas sean las explicaciones que el profesor haga en clase porque el alumno aprenderá por su cuenta haciéndose preguntas, intentándolas responder, escuchando, leyendo y razonando.
Lo que si podemos los profesores es aclarar o reorientar conceptos clave y así proporcionar un andamiaje sobre el que el alumno pueda construir su comprensión. Por esto un profesor que busque la excelencia se preguntará constantemente qué puedo hacer en el aula para que los alumnos puedan aprender fuera de ella, leyendo, informándose por su cuenta.
Reconociendo que la mayor parte del progreso del estudiante es autoaprendizaje o aprendizaje entre iguales (discusiones entre los propios estudiantes) es sustancial que los alumnos aprendan a leer de forma efectiva y analítica, a explicar y priorizar los asuntos clave, a discutir y razonar diferentes posibilidades y escenarios. Y como la formación que les damos sobre estrategias concretas para leer eficazmente es tan escasa (sería bueno preguntarse por qué) debemos hacer un esfuerzo para aportar desde todas las materias nuestro granito de arena: sólo si los alumnos saben leer de forma “sofisticada”, analizando entre líneas y relacionando ideas, podrán mejorar su profundidad de pensamiento.
Pero hay otras cuestiones sobre las que reflexionar al preparar las clases: ¿qué preguntas pueden ayudar al alumno a centrarse en los asuntos más importantes?, ¿qué relatos les puedo contar?, ¿qué voces además de la mía necesitan oír?, ¿cómo puedo crear un ambiente donde mis alumnos puedan razonar entre ellos y se desafíen intelectualmente?, ¿cómo encaminar a los estudiantes hacia niveles de aprendizaje que tengan más significado para ellos y sean más profundos?, ¿cómo hacer para no quedarnos en la rutina de aprender las respuestas a algunas preguntas?, ¿qué puedo hacer para que desarrollen su capacidad para pensar con mayor profundidad, e incluso llegar a pensar sobre su forma de razonar (metaconocimiento)? , ¿qué preguntas o problemas puedo ofrecerles que les ayude a reflexionar sobre lo que significa aprender y sobre cómo pueden mejorar su forma de aprender y pensar?, ¿cómo puedo tener un nivel personalizado de interacción con mis alumnos?, ¿puedo organizar las actividades para que los alumnos puedan enseñarse entre ellos?, ¿cómo mantener un tono coloquial para llegar todos mis alumnos, evitando los monólogos, haciendo breves las explicaciones?, ¿cómo utilizar el humor para recargar su capacidad de atención?, ¿cómo mejorar mis técnicas de dramatización, utilizando diferentes sonidos y ritmos, ?, ¿cómo no olvidarme de detenerme con frecuencia a escucharles?, ¿cómo hacerles preguntas motivadoras?, ¿cómo utilizar formas alternativas para compartir ideas (blogs, video, películas…)?
¿Qué debo saber para ser un buen profesor?
Entre otras cosas debo conocer y estar al día en los conocimientos de mi campo, pero también conocer otros muchos ámbitos de conocimiento que ayuden a mis estudiantes a entender cómo funciona el mundo en el que viven. También debo aprender a razonar de forma valiosa, profunda y original, y estudiar con atención y detenimiento lo que los profesores excelentes hacen. Y sobre todo leer, leer apasionadamente. Es decir, los profesores debemos hacer (a otra escala) aquello que esperamos que hagan los estudiantes.
Los profesores también debemos esforzarnos en clarificar y simplificar los asuntos, y tratar de llegar a la esencia de cada cuestión con historias e ideas motivadoras. Debemos analizar de forma crítica nuestra propia forma de razonar, averiguar sus puntos débiles, porque esta capacidad (pensar meta-cognitivamente) es la principal causa de la excelencia de un profesor, según los especialistas.
Además, los profesores debemos comprender cómo funciona el aprendizaje humano, y ser conscientes de que enseñar no es “transmitir conocimientos” o “colmar un almacén de información”, sino de ayudar a los alumnos para que sean ellos los que construyan su propio conocimiento, y que lo van a hacer mejor con preguntas que que tengan interés para ellos o cuando se plantean retos que les importen.
Porque el estudiante sólo contruirá nuevos y mejores modelos mentales si está motivado: si no lo está se limitará a recordar la información un breve periodo de tiempo, puede que hasta el próximo examen, y luego la olvidará. Si no se hacen las preguntas adecuadas, los alumnos cogerán lo que oyen en clase y lo “encajarán” dentro del modelo preexistente en sus cabezas, sin intentar mejorarlo, sea o no el correcto.
¿Cómo evaluar a mis estudiantes?
Los profesores debemos dar extrema importancia al tipo de exámenes que proponemos a nuestros alumnos. Los exámenes son los señalizadores que indican a los alumnos hacia dónde y qué caminos deben coger para desarrollar su conocimiento: es la forma que tenemos los profesores de decirles qué cosas son importantes y cómo las deben aprender. Un comañero docente, con gran tino dice que "un examen a quien realmente evalúa es al profesor, más que al alumno".
Una de las cosas decisivas que enseña un profesor es a juzgar la calidad de su trabajo, y es tan importante porque, si los estudiantes no logran conocer la calidad de su trabajo, es que en realidad no han aprendido. Los profesores sabemos que la definición y explicación de lo que es un buen trabajo es una forma de expresar el auténtico significado del aprendizaje.
¿Qué indicadores debemos utilizar, ellos y yo, para saber el progreso y la calidad de su aprendizaje? A veces es interesante proponer a los alumnos un proyecto de curso que ponga a prueba dicho desarrollo intelectual y convertirlo en el asunto central del curso, un proyecto desmontable en módulos o partes que en sí mismas tengan sentido. Después de explicar con detalle lo que deben conseguir, invitaremos a los estudiantes a elegir un tema que puedan investigar a fondo, de esta forma cada estudiante se convertirá en un experto en algo. Una vez terminada la investigación la llevarán al aula, realizará una presentación de sus descubrimientos, la someterán a la crítica de los compañeros.
En todo caso creo que los profesores tendríamos que evitar las pruebas con fecha prefijada por estar demasiado ligadas a la memorización y porque no reflejan la manera como funciona casi todo en la vida.
No es bueno evaluar sólo los resultados académicos
Hay un problema si valoramos sólo las calificaciones: los estudiantes nunca estarán lo suficiente motivados para mejorar sus antiguas ideas y construir nuevas explicaciones de la realidad: su único objetivo será aprender las respuestas con las que el profesor le aprobará. Las últimas trabajos de investigaciones no aconsejan dar excesiva importancia a los motivadores extrínsecos (calificaciones) porque acaban dañando la curiosidad y las ganas de aprender. Es más eficaz utilizar el refuerzo verbal y la retroalimentación positiva en forma de elogios, aprobación, reconocimiento en grupo y palabras de ánimo.
Es un hecho que los alumnos que sólo se preocupan de sacar buenas notas o ser los mejores en clase pierden interés por aprender a analizar, a resolver eficazmente problemas, a sintetizar con destreza, a razonar con profundidad o a plantearse desafíos. Y la razón es obvia: siempre preferirán problemas más sencillos que puedan resolver con holgura. Con que al final, se convertirán en “aprendices estratégicos” que evitarán cualquier desafío complicado que pueda dañar sus resultados académicos, eludiendo una comprensión en profundidad. Por el contrario los alumnos cuyos objetivos sean aprender, comprender y evolucionar en su forma de pensamiento elegirán tareas más ambiciosas,
Dando clase te das cuenta que incluso ciertos tipos de elogios pueden dificultar el aprendizaje. Por eso es bueno evitar los elogios dirigidos a la persona (“eres tan listo que lo has hecho bien”) y utilizar los dirigidos a la tarea (“lo hiciste bien”), para que los alumnos interioricen que la inteligencia y sus capacidades no son fijas, y es posible mejorarlas, lo que les permitirá enfrentarse a los obstáculos de forma positiva y evitar el desaliento (“no soy tan listo para superar esta dificultad”).
Además los estudiantes excesivamente motivados por las calificaciones se sienten listos cuando las tareas son fáciles, precisan poco esfuerzo o pueden terminar rápido y sin fallos. Por el contrario, aquellos motivados por las ganas de aprender o responder a retos complicados y exigentes, se sienten inteligentes cuando no comprenden algo y tienen que esforzarse profundamente para comprenderlo. Y estos últimos progresarán mejor y más porque les motivará enfrentarse a las actividades que más contribuirán mejorar su forma de pensar.
Dando demasiada importancia a las calificaciones, corremos el riesgo de que nuestros alumnos desarrollen “objetivos de resultado”, es decir, centrarse en saber las respuestas correctas sólo para impresionar, y aparentar ser “una de esas personas listas”. Estos estudiantes acaban siendo víctimas del “miedo a cometer errores”, y pese a tener buenos resultados en los exámenes estándar, se quedan cortos respecto hasta dónde podrían desarrollarse intelectualmente.
En un mundo con mayores dosis de sentido común los profesores nos centraríamos en que los estudiantes trabajen para mejorar sus competencias, con “objetivos de dominio y comprensión de las cosas”, y animándoles a enfrentándose a retos difíciles: enfrentarse a lo complicado y tener errores es precisamente el camino para aprender y evolucionar el pensamiento.
Los profesores deberíamos hacer todo lo posible porque nuestros estudiantes se convientan en “aprendices estratégicos”, solo interesados en sacar buenas notas, sin querer esforzarse para llegar lo bastante profundo, obsesionados en aprender para el día del examen y después borrar rápidamente la materia para hacer sitio para cualquier otra cosa. Estos son los típicos estudiantes se alimentan con un festín de datos que memorizan y utilizan en tareas predefinidas, que conducen a una “única respuesta correcta” previamente decidida por el profesor o un libro de texto. Este tipo de aprendizaje de corto recorrido desgraciadamente no permanece con el estudiante porque lo aprendido no se mantiene en el tiempo.
¿Hay alguna forma de evaluar que evite que los estudiantes se conviertan en “buscadores de notas”? Creo que la única posibilidad es calificar según las capacidades logradas al final del curso, en lugar de hacerlo como promedio de los méritos a lo largo del curso. Daremos a los estudiantes varias oportunidades de demostrar su evolución, planeando exámenes y pruebas con el máximo cuidado de forma que pongan a prueba de forma global al alumno, estableciendo un nivel de exigencia alto y dando todas las oportunidades del mundo para revisar y mejorar el trabajo antes de ser calificado, `para que los estudiantes puedan aprender de los errores en esos procesos.
Otra factor que ayuda es hablar de las expectativas, y nunca de exigencias: por ejemplo, es mejor hablar del tipo de preguntas que ayudan a aprender (y no de las contenidos que hay que memorizar) y de las capacidades que mejoraremos al responder de forma profunda a esas preguntas. En todo caso el profesor deberá invitar en vez de ordenar, mostrándoles una actitud más parecida a la de un colega que les invita a cenar (a pasar un rato alimentándose de conocimiento) que la de un policía que conduce a alguien a un juicio.
Para enseñar, me ayuda mucho escuchar las ambiciones de mis alumnos (de hecho les aconsejo en las primeras clases escribir su "libro de los sueños") porque sólo conociéndolas podré ayudarlos a comprender la gran capacidad para aprender que tiene el ser humano y lo que pueden llegar a ser como personas, lo importante que es saber interpretar el mundo, y lo satisfactorio que será para ellos ayudar a las personas que se encuentren en sus vidas.
Por último, un truco que siempre funciona: salpicar las clases con anécdotas personales y relatos emotivos que den interés a lo que de otra forma no serían más que asuntos o procedimientos meramente intelectuales. Puedes comenzar con un enigma que les deje perplejos, liados o bastante confusos, y con necesidad de hacer preguntas que tu vas ayudando a responder.
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¿Cómo cambiar la idea de aprender que tienen los estudiantes?
Suelo utilizar una metáfora para que mis estudiantes cojan la idea de qué es formarse y saber: aprender es “escalar la montaña del conocimiento” sabiendo que hay tres tramos, y en cada uno de estos tramos el significado de “aprender” debe ir cambiando:
- El primer tramo de la escalada es el más simple: los estudiantes serán “sabedores de lo aceptado”: el alumno cree que aprender es conseguir las respuestas correctas, saber es “tragar ideas”, nunca plantearse evaluarlas o relacionarlas, y mucho menos crearlas. ES la etapa en la que los estudiantes, bolígrafos en mano, están obsesionados con tomar apuntes de cada una de las palabras que diga el profesor.
- Cuando el alumno supera esta primera fase (algunos estudiantes nunca la superan) pasa a la siguiente en la que aprende a jugar el juego de la disciplina o asignatura y se convierten en “sabedores del procedimiento”. Los reconocemos en nuestras clases como los estudiantes más inteligentes. Pero hay un problema con esta forma de entender el aprendizaje: el saber no influye en lo que el alumno hace o piensa fuera de clase: se limitan a dar al profesor lo que quiere.
- Cuando el alumno pasa al último tramo, donde el nivel de compromiso es máximo, son críticos y creativos, valoran las ideas y la forma de razonar que escuchan, las utilizan en sus vidas de forma consciente, intentan rebatir los méritos de las ideas de otras personas, son conscientes de la evolución de su propio razonamiento y aprenden a mejorarlo sobre la marcha lo que hacen, piensan o sienten. El alumnos que llegan a esta fase más sofisticada se convierten en “sabedores independientes”.
Los profesores debemos estimular a los alumnos para que evolucionen de un nivel a otro, y vayan creciendo en la visión del conocimiento. Todo profesor debe ser consciente de que es preciso ofrecer enfoques diferentes según sean los niveles de evolución en que están los estudiantes. Para cada nivel se precisan estímulos diferentes: para cada nivel de maduración intelectual los retos deberán ser diferentes.
¿Cómo hacerlo? Lo importante es tener presente el lado emocional de aprendizaje, respondiendo siempre con simpatía y comprensión a las inseguridades derivadas del tránsito evolutivo del alumno.
Creo también que es mejor una educación integral y no una fragmentada de materias sueltas: en vez de estar pensando en enseñar contenidos de Educación Física prefiero organizar mis clases en torno a los contenidos curriculares para ayudarles a comprender, aplicar, analizar, sintetizar, evaluar, formular preguntas relevantes, distinguir entre evidencias y conclusiones, enjuiciar ideas y que los alumnos aprendan a pensar sobre su la calidad de su propio razonamiento.
Para terminar con esto, decir que me interesa mucho más transformar la comprensión conceptual de los alumnos, fomentar destrezas avanzadas de razonamiento, y la habilidad de que examinen su forma de razonamiento de manera crítica que llenar la cabeza de los alumnos de los contenidos de mi materia.
¿Qué espero de mis estudiantes?
Primero, creo que los profesores debemos buscar y apreciar el valor individual de cada estudiante: aporta cosas únicas, cosas que nadie más puede aportar. ¿Por qué las personas sensatas a veces nos vemos atrapados en la locura de separar a los alumnos entre ganadores y perdedores, genios y zoquetes en vez de mirar las capacidades que cualquier persona tiene? ¿No será mejor tomarse en serio a todos los estudiantes y tratarlos con respeto, cariño y corregirles los errores con humildad?
En segundo lugar, los profesores debemos tener una enorme fe en la capacidad de los estudiantes en conseguir lo que se propongan, estableciendo para ellos expectativas positivas que sean genuinas, estimulantes pero realistas, para que tomen en serio su trabajo. Exigir estándares altos, objetivos y auténticos en vez de tareas sin sentido, y transmitirles que confías en que darán la talla a la hora de lograr sus objetivos.
La seguridad y confianza son la clave: recuerdo cuando yo era un chaval que la ansiedad y el miedo reducían mi capacidad de razonar, y que me ayudaba un montón que el profesor nos dijera cuánto y cómo nos beneficiaba intelectualmente el trabajo y el esfuerzo me beneficiaba intelectualmente, o cuando nos comentaba que la curiosidad y las ganas de saber me convertían en personas mejores, o que no debía preocuparme con la “obtención de buenas notas en los exámenes”. Un profesor debe dejarle cuanto antes claro es que lo más valioso que trae un estudiante a clase son las ganas de participar, de aprender.
Y por último, resulta tentador destacar, que los profesores debemos invitar a los alumnos a conseguir objetivos ambiciosos, ofreciéndoles, eso sí, suficiente ayuda para conseguirlos. Cuando un estudiante ha pasado toda su vida académica envuelto en grandes expectativas (algunos de los que pertenecen a familias socioeconómicamente privilegiadas lo hacen) tienen un depósito rebosante de seguridad en el que beber.
¿Cómo promover en mis estudiantes las discusiones y la crítica constructiva?
Si los grandes pensadores sintieron la excitación de mantener controversias y refutar a sus oponentes, los profesores debemos invitar a los alumnos a presentar y defender proyectos, discutirlos. La idea es un clásico: “defender algo genera controversia y la controversia hace surgir el interés”. Pero los profesores seguimos sin tomarnos en serio las ventajas de este método. Algunos profesores lo descartan argumentando que los alumnos “no saben lo suficiente sobre un tema”. Pero no se percatan que lo más importante es aprender a distinguir entre hechos probados e inferencias y conjeturas o ser conscientes que las palabras representan las ideas pero no lo son (y que por eso debemos utilizarlas de forma precisa) o saber que los supuestos de los que se parte en cualquier razonamiento condicionan dicho razonamiento o reconocer cuándo se pueden hacer inferencias sólidas, la diferencia entre causas y correlaciones, reconocer cuando las variables que influyen se han tenido en cuenta o ser consciente de cuándo un argumento se construye desde lo particular a lo general o desde lo general a lo particular.
Al organizar debates y discusiones es esencial ser muy cuidadoso en asuntos como la elección de lecturas y de las preguntas previas del profesor o la selección de los temas. El profesor como cualquier buen moderador no entrará en las discusiones sino que planteará preguntas que orientarán las discusiones: serán los alumnos los que, tras empaparse de la información, argumentarán y resolverán los problemas, evitando, por ejemplo, preguntas como “¿quién me cuenta lo que dice este artículo?”.
Como los alumnos reciben poca instrucción sobre cómo leer, no está de más que algunos profesores dediquemos un poco de tiempo a mostrarles rutinas generales para examinar y analizar un libro antes de leerlo, a reconocer en los argumentos las evidencias y las conclusiones, a distinguir si las evidencias son observadas o inferidas, a valorar la importancia de las creencias y las actitudes en las opiniones y las ideas, a identificar supuestos y a establecer conclusiones, a plantear preguntas perspicaces para comprobar los razonamientos de otras personas,. El crucial que los profesores nos demos cuenta de lo importante que es motivar al alumno para que lea y prepare POR SU CUENTA, fuera del aula, asuntos y discusiones, porque esto tiene un efecto multiplicador sobre el aprendizaje.
Los profesores sabemos que un estudiante aprende, no cuando hace buenos exámenes, sino cuando progresa fuera de la clase en su forma de ver el entorno, su comunidad, el mundo. La mera habilidad de aprender respuestas correctas es muy pobre si no se ve complementada por una evolución en la profundidad del pensamiento, en la capacidad de pensar críticamente sobre los problemas, en la capacidad de observar la realidad y plantearse problemas y situaciones que mejorar, la capacidad para utilizar razonamientos suficientemente intensos y profundos como para cuestionar ideas previas, en la capacidad para cambiar y mejorar modelos mentales o la habilidad de aplicar su aprendizaje a problemas reales de los estudiantes que tengan sentido para ellos.
A veces resulta difícil enfrentarse a la verdad, y aceptar que los profesores no siempre vamos a las clases a fomentar inquietudes, curiosidades, suspenses y desafíos con los que encender la llama del conocimiento, que iluminará el interés y entusiasmo necesario para progresar intelectualmente. Para lo que es bueno crear un ambiente de seguridad y confianza, de sensibilidad exenta de enjuiciamiento (dialogar socráticamente sin centrarse solamente en si las respuestas son correctas o no), que permita a los estudiantes comprender que su inteligencia puede expandirse.
¿Clases magistrales? No, gracias.
Este epígrafe es algo que muchos profesores no desean oír, y trata sobre las grandes limitaciones de nuestra arma pedagógica favorita, la clase magistral. Ya es hora de reconocer que cada vez es menos “atractiva” en este mundo lleno de medios de comunicación, internet....Resulta irónico que algo tan “magistral” sea tan poco útil, pero es que los humanos no aprendemos algo porque alguien nos lo cuente, a lo sumo lo podemos llegar a recordar para repetirlo en un examen realizado a los pocos días. El aprendizaje realizado así no es duradero.
En este caso los profesores sí que somos parte del problema. Las clases magistrales están hechas a medida del profesor nunca pensando en el alumno. En una clase magistral los profesores dejamos claro a sus alumnos todo lo que sabemos de la materia: ideales para nuestro lucimiento, para alimentar nuestro ego. Pero hay un pequeño inconveniente,: los momentos del aula (la enseñanza) deberían pertenecer a los estudiantes (no a los profesores): no vamos a las clases a lucirnos sino a ayudar a ensanchar las mentes de nuestros estudiantes.
Además el objetivo último es comprometer a los estudiantes en actividades intelectuales de orden superior como comparar, analizar, aplicar, evaluar, averiguar, ingeniar, crear o sintetizar. Esto es, precisamente se trata de ir “más allá del escuchar y recordar”, que tiene un efecto muy escaso sobre las capacidades futuras de los alumnos (todo lo memorizado se acaba olvidando). Recordemos que el aprendizaje efectivo es el que influye duradera y sustancialmente en la manera de pensar, actuar y sentir de un estudiante.
¿Qué funciona y qué no? ¿Cuándo es útil cada método? Además de las discusiones y los debates que vimos en el apartado anterior, otra posibilidad es combinar relatos y preguntas. Como me dijo una vez un profesor de matemáticas “quiero que los estudiantes se sientan como si hubieran descubierto el cálculo, y que sólo el hecho de nacer después les ha impedido ganar a Newton por la mano”. No limitarse a “soltar el rollo típico” sino plantear preguntas, que los ayuden a razonar el proceso y pensar en la naturaleza de las soluciones: “es como si desafiaras a los estudiantes a contar una historia sobre cómo resolver el problema”.
Existen otras muchas posibilidades como el estudio de casos, el análisis de problemas, las discusiones dirigidas, las investigaciones y trabajos de campo, la puesta en común de proyectos o estudios, las colaboraciones en grupo...
Las clases me han enseñado que aunque los métodos e instrumentos didácticos utilizados tienen relevancia, mucho más importancia tienen los principios que moldean un entorno de aprendizaje adecuado. Y unas pocas técnicas impulsan la aplicación de estos principios. Veámoslas.
El primero de los cinco elementos esenciales para crear un entorno de aprendizaje es una pregunta o un problema intrigante. Se trata de ofrecerles ideas o hacerles preguntas que desafíen sus anteriores formas de pensar y que motiven a los estudiantes a realizar tareas auténticas e intrigantes, que sientan seguridad para mostrar el trabajo que han hecho y sepan que, si no lo hacen todo bien, pueden recibir algunas ideas positivas y volver a dedicarle un tiempo para intentar de nuevo. Los problemas y las preguntas deben ser reales, similares a los que se puede plantear uno “ahí fuera”.
Por ejemplo, una pregunta como ¿quién mató a Sócrates?, puede ser interesante para aprender el significado del método de aprendizaje por preguntas y respuestas, y analizar lo poco que se utiliza en la enseñanza. Este tipo de preguntas y temas, u otros similares, tienen una gran energía intelectual y puede encontrar aplicación en cualquier campo de currículo.
El segundo elemento crucial son las orientaciones para ayudar a los estudiantes a comprender el significado de la pregunta. Supongamos que me siento delante de los alumnos, les miro a los ojos y les pregunto ¿hay alguien aquí que sepa algo con absoluta certeza? Como sabemos que las personas aprenden mejor cuando intentan responder a preguntas propias, al hacer así la pregunta, ayudo a mis alumnos a aceptar mi pregunta como propia de ellos. Además este tipo de preguntas generales permite sumergir los asuntos de mi disciplina en intereses más generales, dando a menudo un enfoque interdisciplinar a las cuestiones. Incluso puedo pedir a mis alumnos que escriban poesías que describan sus estados de ánimo a ejercitarse o practicar algún deporte.
En tercer lugar saber que las mejores preguntas son absolutamente provocadoras: yo las llamo “preguntas ¡venga ya!”: Veamos algunas.
¿Puede la gente mejorar su inteligencia? ¿Qué harías si al volver a casa del colegio encontrases muerto a tu padre? ¿Y si se te aparece el fantasma de tu padre diciéndote que ha sido asesinado? ¿Por qué hay personas (o países pobres) y otros ricos? ¿Qué harías para conseguir un trabajo? En cualquier caso, es importante indicar a los estudiantes cómo se relaciona la pregunta propuesta con algún asunto más general por el que ellos ya tengan interés.
En cuarto lugar debemos desafiar a nuestros estudiantes a desarrollar sus propias explicaciones, comprensión y soluciones, y aprender a defenderlas argumentando.
Por último, tras el trabajo realizado en la sesión, debemos dejar a nuestros estudiantes con una pregunta “colgando” de su nuevo modelo mental y estimularle con preguntas de este tipo: ¿cuál es la próxima pregunta que tú te harías? ¿qué podemos preguntar ahora? ¿qué quieres decir con eso?, ¿qué piensas tú?, si eso es como dices entonces ¿por qué…?
Otras veces suelo utilizar dos preguntas al final de la clase ¿qué conclusiones has sacado? y ¿qué preguntas se han quedado en tu mente? Un procedimiento muy útil es pedir las respuestas por internet o compartirlas en un blog.
Los proyectos “diferentes” también crean entornos para el aprendizaje crítico natural en el que los estudiantes pueden aprender haciendo, aprender enfrentándose a tareas a las que los estudiantes les ven utilidad. Por ejemplo, en mis clases de Educación Física les pido a mis alumnos que desarrollen por equipos un proyecto de viabilidad de una pequeña empresa dedicada a la actividades deportivas y de ocio, con la que a ellos les gustaría ganarse la vida: es una forma de fomentar la creatividad y el espíritu emprendedor tan necesarias en esta nueva sociedad del conocimiento en la que nos ha tocado vivir. Les entrego documentación sobre elementos claves del proceso, páginas de internet donde pueden encontrar información, les indico las visitas a bancos o a las asociaciones de emprendedores de la ciudad que deben hacer,..y al final presentan un informe que deben exponer en público utilizando tecnologías de la información y colgar un resumen en el Blog de la clase.
Otro compañero me contó que se permite clases magistrales pero con una secuencia muy concreta: comienzan con una pregunta o una historia, incluye una ayuda para que los estudiantes comprendan la conexión que tiene la pregunta con temas esenciales en la asignatura y más generales, y da una argumentación sobre cómo se debería responder, pero evitan sus propias respuestas: o sea, obviando lo que se incluye habitualmente en una clase magistral.
Otro compañero llegó a decirme que en sus pequeñas lecciones magistrales (siempre muy interactivas) aclaraba malentendidos y dudas, sugería cómo podían aprender más, y planteaba preguntas adicionales que enlazaba con alguna propuesta de profundización en el tema: es decir, las lecciones magistrales siempre formaban parte de un proceso más ambicioso de búsqueda e investigación.
¿Cómo enseñar a los alumnos a que concentren su atención? ¿Cómo conseguir la atención de los alumnos y no perderla?
Enseñar es sobre todo captar la atención y mantenerla. En el día a día hay algo más que cultivar el interés de los alumnos por la signatura, que es captar y mantener su atención en cada una de las clases. En ese sentido la manera más práctica de actuar no es muy distinta que la de un buen anuncio de ventas. Y como hacen los especialistas de marketing sólo conociendo el mundo de los estudiantes podremos dirigir su atención hacia otro lugar que les resulte más interesante y productivo.
¿Qué viene bien para atraer la atención continuada de los alumnos? Hay van algunas posibilidades: la utilización de preguntas motivadoras o retadoras, problemas planteados de formas diferentes a los convencionales, pedirle a los alumnos que planteen los problemas, que analicen qué aspectos se pueden mejorar de las situaciones, utilizar estudios de casos o guiones o historias basados en objetivos. Y eso sí casi siempre utilizar un nivel de dramatización en la comunicación casi teatral (incluyendo sobreactuaciones).
Es importante comenzar con alguna cuestión que “importe a los estudiantes, y que conozcan o crean conocer, evitando utilizar historias de la cosecha propia del profesor. Recordemos que Sócrates partía de lo que la gente decía o creía saber, y luego intentaba llevársela gradual y sistemáticamente a otras posiciones de conocimiento. Y él sabía lo que hacía.
Puede ser interesante comenzar invitando a los alumnos a “pelearse” con un asunto desde su propia perspectiva, incluso sin saber nada de él, dejando que articulen su postura. Y luego corregir un poco las posiciones con lo que puede sugerir el sentido común, para luego ayudarles a “añadir la miga” que el conocimiento científico puede ofrecer. Es como, en vez de dar grandes explicaciones de cómo debe aprenderse a jugar a béisbol, les dejas un bate para que bateen un poco, y corregir sobre la ejecución. Este es uno de los mejores métodos para enseñar a pensar, según los especialistas.
Otro recurso es entregar a los alumnos el primer día de clase un intrigante rompecabezas que plantea muchas de las preguntas que podemos resolver en el curso: este “árbol de preguntas” debe contradecir o desafiar ideas que los alumnos ya tienen en la cabeza y que son incorrectas o irreales: nuestro objetivo es ayudar a evolucionar esos modelos mentales. Entendida así la asignatura no es un conjunto de temas que necesiten ser enseñados o “cubiertos”, sino un proceso centrado en el alumno y en sus imperfecciones, y que trabajará una secuencia de evolución hacia formas de pensar, entender u opinar más científicas y profundas.
Con esta idea, los profesores más eficaces planifican sus cursos hacia atrás, partiendo de lo que los estudiantes deberían ser capaces de hacer al final del curso, y trazan un mapa de desarrollos intelectuales para el curso, animando a los estudiantes a aprender por sí mismos y atrayéndolos hacia un aprendizaje de calidad.
¿Cómo comprometer a los alumnos a aprender fuera de las clases?
En mi primera clase, después de saludarlos dándoles la mano uno a uno, comunico a mis los alumnos mi compromiso a ofrecer unas clases a la que valga la pena acudir, pidiéndoles que me digan si ellos, por su parte, se comprometen a mejorar sus capacidades. Les explico también que tienen derecho a hacerme saber cuándo mis clases no les ayudan a evolucionar, pero también la obligación a cumplir las responsabilidades de atención, participación y trabajo. Por último, les aclaro que las responsabilidades son compartidas entre compañeros de clase: “entre todos hay que llevar este barco al mejor puerto”. No se trata de pedir esfuerzo y compromiso a los estudiantes, sino que se den cuenta de lo que implica su obligación de intentar ser una persona mejor y más capaz, de que es importante que se ayuden a sí mismos a conseguir una buena vida para sí y para los suyos. Como profesor siempre tengo presente algo que me gustaba especialmente cuando yo era alumno: un constante y entusiasta contacto visual del profesor con los alumnos y una buena disposición para dejarles opinar siempre ayudarán a este compromiso.
Una de las cosas centrales en el la docencia es la habilidad que tiene el profesor para ayudar y animar a sus alumnos a aprender por sí mismos, fuera del aula, entre una clase y la siguiente. No se trata de pedir hacer “algo que es lo típico”, o “de cubrir parte de la programación” sino de utilizar la clase para organizar entre todos el trabajo que se va a hacer fuera de la clase.
¿Cómo atraer a los estudiantes hacia el razonamiento profundo?
Como profesor casi nunca pienso en términos de “enseñar mi asignatura, de dar cumplimiento de la programación, sino en ayudar a mis alumnos a comprender, aplicar, sintetizar, analizar y evaluar, o sea a evolucionar su forma de pensamiento a niveles cada vez más complejos y profundos.
Los alumnos deben comprender la importancia práctica que tiene para su futuro y sus posibilidades el aprender a mejorar su forma de pensar. Para ello es útil, explicarles que el conocimiento no llega por la memorización de respuestas, sino con la capacidad de extraer conclusiones razonadas. Y de convencerles de que los profesores debemos ofrecer explicaciones, analogías y preguntas que ayuden a los estudiantes a subir por la escalera del razonamiento, desde los actuales niveles a otros un poco más sofisticados. Si el alumno logra subir algún escalón, aunque sólo sea uno, esa mejora será duradera, ya estará ahí para siempre. No es necesario mencionar que “gasto” bastante tiempo a principio de curso en trabajar este enfoque y en preguntarles qué piensan sobre todo esto.
¿Cómo proponer experiencias de aprendizaje diversas?
El cerebro adora la diversidad. Y para alimentar ese deseo como profesor debo dirigir las clases de muchas maneras distintas, y también con actividades y métodos diversos.
La necesidad de diversificar exige ofrecer la información en diferentes soportes: unas veces visual (dibujos, fotos, videos, películas, anuncios publicitarios ..), otras veces estímulos auditivos (charlas, extractos de tertulias para su análisis crítico. Unas veces animar a discusiones, pero otras veces pedir reflexiones individuales. Parte del material lo organizo dirigiendo los hechos o datos hacia las teorías o principios generales (de forma inductiva), y otras veces aplicando principios a situaciones específicas (deductiva). Unas veces dando a los estudiantes la posibilidad de aprender secuencialmente, paso a paso, y otras veces a saltos con revelaciones súbitas de un conocimiento más global. Y en cualquier caso, ofreciendo un equilibrio entre el aprendizaje sistemático y estructurado, y el desordenado y más creativo.
Cómo mejorar mis propias destrezas de docente.
Siempre he dado mucha importancia a que como profesor tenía la obligación de desarrollar mi capacidad de comunicarme verbalmente de forma que estimule el pensamiento de los alumnos, de transmitir emociones, de aprender a “convencerlos de las cosas”. En suma aprender unas destrezas verbales que me permitan explicar mejor las cosas.
La experiencia me ha dejado claro que es mejor hablar a mis estudiantes como si conversara con ellos y no exactamente como una actuación, sino interactuando con ellos, haciendo gestos y con un lenguaje corporal que llegue a todos los estudiantes. Pequeños trucos como un “escucháis (o podéis ver esto) desde ahí” dirigido a los del fondo, usar con frecuencia las preguntas retóricas ¿entendéis?, leer el lenguaje corporal de los alumnos para detectar aburrimiento, incomprensión… y lo más importante cambiando el ritmo de la clase haciendo bromas de vez en cuando o detenerse durante diez segundos mirándolos en silencio (“saber cómo hacer que el silencio suene estrepitoso” decía un compañero). No se trata de interpretar un guión previo sin tener en cuenta las reacciones de los alumnos, sino partir de una idea e ir modificándola según las situaciones, necesidades.... Hacer pausas para dejar sedimentar las ideas importantes, pero también darme tiempo para pensar hacia dónde necesitan ahora mis alumnos que me dirija. Nunca me he cortado para hacer gestos exagerados para conseguir la atención, pero he intentado no hacerlos en mitad de un asunto importante.
Una de las cosas que resulta más útil a los profesores es observar una filmación de nosotros mismos dando clase para corregir defectos como hablar de cara a la pizarra, eliminar algún tic, no pasear demasiado;
para aprender a cambiar el ritmo de la clase, la dirección del centro de interés, alternando actividades, interrumpiendo explicaciones con historias o preguntas, salpicando con un poco de humor, a ir de lo concreto a lo abstracto.
A veces ayuda sentarse en silencio intentando averiguar y capturar lo que verdaderamente les estimula e importa.
Unas ideas planteadas con las preguntas adecuadas, con unas metáforas estimulantes, con unos ejemplos reales y prácticos, tienen mucha fuerza: pero esas mismas ideas se hacen mucho más fuertes si se comunican con un lenguaje cálido, contando historias en las que se usa deliberadamente el tiempo presente, contando las situaciones desde dentro como una forma de comprometerse con los personajes (no danzando de manera fría y distante por los bordes de la historia).
Hay que ser francos, contarles lo que sabe la ciencia y lo que no, reconocer lo que no entiendes como profesor. Solo cuando con nuestro lenguaje cálido ha llevado a nuestros estudiantes hasta el interior de la materia, cuando ya están implicándose intelectual y emocionalmente, podemos los profesores permitirnos el lujo de utilizar el lenguaje frío imparcial y distante. Resumiendo, utilizo el lenguaje cálido para invitar, estimular o proponer preguntas, y el tono frío para resumir o recordar.
copyright Miguel Martinez. IES Pérez Ayala de Oviedo
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